Spoiler
Olor a polvo, olor a viejo. Humedad y descuido. Mi lugar favorito en todo el mundo. Tantas historias escondidas dentro de cada una de las cosas en aquella tienda de antigüedades. Tantas maravillas por revelar. Secretos sobre el pasado, realidades perdidas en esos viejos objetos olvidados. Todo lo que se podría descubrir con un poco de investigación, encubierto por la fina tela del pasado. Espejos rotos, teléfonos cochambrosos y anticuados. Jarrones empolvados, esculturas en estado de desaseo y joyas que por su dueño habían sido abandonadas.
Yo siempre había admirado al padre de mi amiga Gallesia, dueño de aquella pequeña tienda donde yo solía pasar las tardes. Mis padres se habían separado años atrás y yo no soportaba llegar a mi casa y pasar la tarde sola, ya que mi madre se encontraba trabajando, o aún peor, tener que ayudarla a trabajar. Así que todas las tardes, me iría directo del colegio a casa de Gal y su hermano Thamnus. Gal tenía catorce igual que yo, y Tham, un poquitín más grande que las dos, tenía 15. A veces, la gente pensaba que los tres éramos hermanos. Todas las tardes serían diferentes en aquella solitaria tienda al final de la calle Urceola. Esa era mi casa. El padre de Gal y Tham era como mi padre. Cuidaba de mí y jamás me dejó sola, a diferencia de mis padres. Gal, Tham y sus padres eran más mi familia que mis padres o mi hermano.
A pesar de que ya éramos adolescentes, mis amigos y yo sabíamos divertirnos como si tuviésemos sólo 4 o 5 años. Esa tienda lo era todo para mi y mis amigos eran las únicas personas en las que podía confiar. Nadie sería tan cercano a mi como mis adorados camaradas. Algunas veces, solíamos salir a las deterioradas calles de Pottsia, el pueblo en el que vivíamos, en busca de nuevos artículos para la tienda. Pottsia solía ser la lujosa ciudad de Artía, donde adinerados personajes se pasearían por las calles con sus coches y con gran suntuosidad. En lo que antes eran las mansiones de estas millonarias personas, sólo quedaban sus abandonados objetos. Viejos televisores, ropa consumida por el tiempo que en algún momento fue nueva y radiante. Máquinas de escribir, cepillos que aun conservaban dorados cabellos de elegantes jóvenes.
Pottsia era un pequeñísimo pueblo, y era el único ambiente en el que yo podía vivir. Jamás me podría imaginar viviendo en una ciudad de tal magnitud como Kibatalía, la ciudad capital de Orfium, mi país. Mi hermano y mi padre se habían mudado a la gran ciudad después de la separación. Pottsia me hacia feliz. Casi podría nombrar a todos los habitantes de mi querido pueblo.
Los conflictos de mis padres comenzaron a consecuencia del inmenso deseo de mi padre de vivir en la ciudad. Pero mi madre se negó, ya que lo suyo era la repostería, y no pensaba dejar su tienda de pasteles a un lado para vivir en la ciudad.
Mi hermano acompañó a mi padre y yo me quede con mi madre. A diferencia de mi madre, la cocina no llamaba mi atención. A mi me interesaba la aventura, aprender cosas nuevas. Los colores brillantes y la irregularidad. Como un caleidoscopio. Como el caleidoscopio que mi abuela me regaló a los 7 años. Pero cuando mis padres se separaron, mi hermano lo rompió y me dijo:
"Carlota. Despierta. Debes salir a la realidad. No puedes quedarte encerrada en tu mundo fantástico. Debes de saber afrontar al mundo de verdad". Esas fueron las últimas palabras que me dirigió mi hermano antes de partir. Le extrañaba mucho. A veces me alegaraba no verle, pero en el fondo, siempre le extrañaría.
Recuerdo la mañana de comienzo de verano. El día que lo cambiaría todo. El señor Monotrapa, padre de Gal y Tham, nos daría las noticias que todo alterarían. Y mi mundo jamás sería igual.
Yo siempre había admirado al padre de mi amiga Gallesia, dueño de aquella pequeña tienda donde yo solía pasar las tardes. Mis padres se habían separado años atrás y yo no soportaba llegar a mi casa y pasar la tarde sola, ya que mi madre se encontraba trabajando, o aún peor, tener que ayudarla a trabajar. Así que todas las tardes, me iría directo del colegio a casa de Gal y su hermano Thamnus. Gal tenía catorce igual que yo, y Tham, un poquitín más grande que las dos, tenía 15. A veces, la gente pensaba que los tres éramos hermanos. Todas las tardes serían diferentes en aquella solitaria tienda al final de la calle Urceola. Esa era mi casa. El padre de Gal y Tham era como mi padre. Cuidaba de mí y jamás me dejó sola, a diferencia de mis padres. Gal, Tham y sus padres eran más mi familia que mis padres o mi hermano.
A pesar de que ya éramos adolescentes, mis amigos y yo sabíamos divertirnos como si tuviésemos sólo 4 o 5 años. Esa tienda lo era todo para mi y mis amigos eran las únicas personas en las que podía confiar. Nadie sería tan cercano a mi como mis adorados camaradas. Algunas veces, solíamos salir a las deterioradas calles de Pottsia, el pueblo en el que vivíamos, en busca de nuevos artículos para la tienda. Pottsia solía ser la lujosa ciudad de Artía, donde adinerados personajes se pasearían por las calles con sus coches y con gran suntuosidad. En lo que antes eran las mansiones de estas millonarias personas, sólo quedaban sus abandonados objetos. Viejos televisores, ropa consumida por el tiempo que en algún momento fue nueva y radiante. Máquinas de escribir, cepillos que aun conservaban dorados cabellos de elegantes jóvenes.
Pottsia era un pequeñísimo pueblo, y era el único ambiente en el que yo podía vivir. Jamás me podría imaginar viviendo en una ciudad de tal magnitud como Kibatalía, la ciudad capital de Orfium, mi país. Mi hermano y mi padre se habían mudado a la gran ciudad después de la separación. Pottsia me hacia feliz. Casi podría nombrar a todos los habitantes de mi querido pueblo.
Los conflictos de mis padres comenzaron a consecuencia del inmenso deseo de mi padre de vivir en la ciudad. Pero mi madre se negó, ya que lo suyo era la repostería, y no pensaba dejar su tienda de pasteles a un lado para vivir en la ciudad.
Mi hermano acompañó a mi padre y yo me quede con mi madre. A diferencia de mi madre, la cocina no llamaba mi atención. A mi me interesaba la aventura, aprender cosas nuevas. Los colores brillantes y la irregularidad. Como un caleidoscopio. Como el caleidoscopio que mi abuela me regaló a los 7 años. Pero cuando mis padres se separaron, mi hermano lo rompió y me dijo:
"Carlota. Despierta. Debes salir a la realidad. No puedes quedarte encerrada en tu mundo fantástico. Debes de saber afrontar al mundo de verdad". Esas fueron las últimas palabras que me dirigió mi hermano antes de partir. Le extrañaba mucho. A veces me alegaraba no verle, pero en el fondo, siempre le extrañaría.
Recuerdo la mañana de comienzo de verano. El día que lo cambiaría todo. El señor Monotrapa, padre de Gal y Tham, nos daría las noticias que todo alterarían. Y mi mundo jamás sería igual.
The smell of dust, the smell of hoary. Humidity and carelessness. My favorite place in the whole world. So many stories hidden behind each of those things inside that antique shop. So many wonders yet to be revealed. Secrets about the past, lost realities forgotten in each of those unremembered objects. All that could be learnt with only investigating a little, covered by the delicate cloth of the past. Broken mirrors, old and dirty telephones. Dusty vases, decaying sculptures, and jewels that had lost their owner.
I'd always admired my friend Gallesia's dad, owner of that humble store where I would spend my free time. My parents had divorced years back and it was depressing to get home and be all alone because my mom was working, or even worse, having to help her. So everyday, I would go straight from school to my friend Gal's house. Gal had a brother,Thamnus, just one year older than us, who was fifteen years old. Sometimes, people would think we three were all siblings. Every afternoon would be different inside that small store down Urceola street. That was home to me. My friends' father was like my own. He would take care of me and never leave me alone, contrary to my parents who forgot about me most of the time. Gal, Tham, and their parents behaved more like family than my parents or my brother.
Even though the three of us were teenagers, we knew how to have fun as if we were only 5 or 6 years old. That shop meant everything to my friends and me. They were the only people I could trust. Nobody was as close to me as my loved pals. Sometimes, we would walk around the damaged streets of Pottsia, the town in which we lived, looking for old wonders to take back to the store. Pottsia used to be the luxurious city of Artia where wealthy people would stroll around in their fancy cars. Inside what used to be huge mansions, only the ruins of the house, along with a few objects remained. Old televisions, decayed clothes that used to be new and radiant. Typewriting machines with broken keys, and old brushes that kept golden hairs belonging to past owners.
Pottsia was a tiny town, and it was the only place I could ever imagine myself living in. I could never live in Kibatalia, the capital city of Orfium, my country. My dad and brother had moved there after the divorce, but I'm glad I didn't move too. I loved Pottsia. I think I could even count every person who lived in my dear town. My parents' problems were a consequence of my father's intense desire of living in the city. But my mother opposed to this, since she loved baking, and she didn't want to leave her bakery behind just to go live in the city, so my brother went to the city with my father, and I stayed here with mom. Unlike her, I didn't enjoy baking cakes at all. I loved adventure and learning new things. Craziness, bright colours. Kind of like a kaleidoscope. My grandma had given me one when I was seven. I loved it. But when my parents split up, my brother broke it and said:
"Charlotte. Wake Up. Reality is waiting for you. You can't stay trapped inside your fantastic world forever. You need to face the real world." Those were the last word I heard from him before he went away to Kibatalia. I missed him a lot. Sometimes, I was glad I didn't have to see him anymore, but in the end, I would always miss him.
I remember the first day of summer, 3 years after the break up. The day that would change everything.The day that Mr. Monotrapa would give us the news that would metamorphose my life. And my world would never be the same again.
